Uno nunca está preparado para redactar la crónica de una muerte, quizás anunciada, pero tan dramática como conmovedora. Porque, por desgracia, nuestra sensibilidad nos hace padecer de lo que algunos parecer carecer. La sensibilidad se puso a flor de piel cuando cada uno de los aficionados atléticos que desfilaban por las calles que bordean su amado Manzanares se teñían del rojo. No, esta vez el color de la pasión no acompañaba al blanco. La sangre teñía el paseo de Madrid Río, que despertó al son de las bengalas y del vuelo de mesas, cuchillos y sillas. Bárbaros gañidos de los radicales, y los testigos que el destino colocó allí por accidente, perplejos ante la situación. Frente Atlético y Riazor Blues, enzarzados en una terrible reyerta. Los vecinos miraban a un lado, y veían bufandas rojiblancas, al otro mezcladas con blanquiazules. Volvieron a girar la mirada varias veces, pero por entonces ya no distinguían a colchoneros y deportivistas. Los ultras habían manchado de sangre y vergüenza los colores de Atlético y Deportivo, mientras Francisco José Romero Taboada 'Jimmy', uno de los líderes de los Riazor Blues, perdía la vida en las congeladas aguas del Manzanares.
Y helado fue como se quedó el Vicente Calderón. Enmudecido, impactado. Porque, aunque parezca mentira, entre medias se disputaba un partido de fútbol. Un deporte, una fiesta, una pasión ensuciada por la violencia, una vez más. Flotaba en el ambiente el recuerdo de Aitor Zabaleta, hincha de la Real Sociedad apuñalado a las puertas del templo rojiblanco 14 años atrás. Triste retrospección que convertía a los protagonistas en meros actores secundarios, o terciarios. Nada de lo que ocurría en el césped del Calderón parecía tener sentido. Y los futbolistas se contagiaron de ese culto al pesimismo, a la melancolía, ofreciendo un encuentro que nunca pasará a la historia por lo que sucedió en el terreno de juego. Y eso que Arda Turan se empeñó en hacer de aquella gélida mañana madrileña un destello de luz que mereciera la pena disfrutar. Por su banda le llegó a Mandžukić la ocasión de introducir en las mallas un centro exquisito de Koke, pero su remate ya cantado por todos como el primer tanto, se estrelló en el palo. Un par de saques de esquina con peligro y el partido entró en una fase deprimente y melancólica.
Dicen que el arte es la manifestación de nuestros propios sentimientos. Y, por qué no decirlo. El fútbol lo es para todos aquellos que lo aman. Y el espesor rojiblanco se combinó con el conformismo gallego de defender bien y esperar un contragolpe que nunca llegaría. Y entre tanta depresión, apareció Koke con su guante derecho para colocar en la cabeza de Mandžukić una prolongación perfecta. Saúl, quien debía reemplazar al sancionado Gabi en el once, remachó el balón en el segundo palo. Otra vez el balón parado ponía al Atlético por delante en el marcador. El eco del Calderón silenciaba al propio silencio, valga la redundancia. Pero el eco de sus fieles se diluiría con rapidez en las lágrimas del fútbol, en el lamento trágico de aquel sinsentido. Por si fuera poco, la actuación arbitral de Teixeira Vitienes estaba siendo tan dramática como el encuentro en sí. Y entre tanta opacidad, apareció Arda Turan. El turco, mágico como nadie, dio una lección de vitalidad y corazón, de pasión, sacrificio y puro fútbol. En eso consiste el 'Ardaturanismo'. Ser feliz haciendo lo que uno mejor sabe. Y en el caso de Arda, nada supera su virtuosismo con el balón. Él solo intentó justificar el pago de cada una de las entradas, redondeando su actuación al rematar al fondo de la red el rechace de un córner que terminó golpeando en Diakité y entrando en la portería. 2-0 y partido cerrado.
Porque no hubo noticias del Deportivo en ataque. Nadie se fijó siquiera en la zamarra que vestía Miguel Ángel Moyá. Tampoco hizo falta. El partido se volvió a deshacer como un polvorín, a pesar de los intentos constantes de Turan por evitarlo. Ni Simeone quiso sustituir al otomano, consciente de que él era, quizás, el único motivo que mantenía a los presentes allí. El 'Cholo', incluso, quiso dar minutos a Alessio Cerci, cuyo recibimiento por la hinchada fue tan bipolar como morboso. De la ovación cerrada a su salida a los pitos cada vez que tocaba el balón. El italiano también entró en una espiral deprimente, como si se contagiara del ambiente. Empezó combinativo, terminó deambulando por el césped. Intentó dejar destellos, esta vez ni eso. Toda la luz emanaba de Arda, una vez más. Pero nada parecía importar tras el pitido final, como si lo vivido en el césped hubiera sido un trámite que jamás se debió disputar. En el Vicente Calderón, esta vez, no había nada que celebrar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario