Decía un atlético de pro, de los que nunca fallaron ni en los peores días por el 'Infierno' de la Segunda División, de los que rozaron la gloria en Europa en Heysel y Lisboa, que jamás habían salido tan tristes y decaídos del Estadio Vicente Calderón. Aquellos que, incluso se habían permitido el lujo de ver a la 'Gradona' del Metropolitano alentar como nunca. Pero ayer no era un día cualquiera. Una lluvia fría, gélida y constante arreciaba sobre un Calderón desangelado, silencioso, que añoraba sus noches más gloriosas. Incluso aquellas derrotas donde afición y equipo eran uno. Una fusión inseparable, eterna, inmortal. Pero es cierto, nunca echas de menos lo que tienes hasta que lo pierdes. Muchas veces hasta añoramos lo que nunca poseímos. Ayer, la ribera del Manzanares fue un mar de recuerdos, ahogados en el eco sordo del olvido.
Seguro que aquel hincha rojiblanco que cruzaba su templo por la M-30, que se bajaba en Pirámides o en Atocha hacia el estadio, recordaría esos cánticos que hacían de la atmósfera del Calderón un lugar único en el mundo, el rincón donde un sentimiento de color rojiblanco palpitaba hacia el éxtasis de los corazones. Donde cada gol te elevaba al cielo y te abrazaba con el anónimo de al lado como si fuera tu propio hermano. Lo de ayer no era ni una triste caricatura de ello. Gritos esporádicos que intentaban acallar a un silencio que retumbaba como nunca lo había hecho. Y mientras, un Fondo Sur que parecía ocupado por unos intrusos que hicieron de todo, menos aplaudir a su equipo como en las grandes noches. Sin su alegría, sin su voz callada y censurada, sin Luis... Y quien sabe, sin Simeone en un futuro no muy lejano. En definitiva, sin su Atleti.
Porque no hay que ser vidente para encontrar en ese ambiente de ruptura total e insostenible la razón perfecta para la marcha del 'Cholo'. Él mismo lo dijo: cuando el clima fuera de inestabilidad, no dudaría en marcharse. Tampoco hizo falta comprobar que los rojiblancos no estaban para grandes alegrías. Solo Arda Turan, en un principio, trató de aislarse de todo y hacer de aquella una noche para recordar. O al menos, no tan melancólica como se presuponía. Pero el Atlético, sin gas, no podía con el entramado defensivo de un Villarreal cómodo y que empezó a verse que se podía soltar. Los saques de esquina acababan en nada, los centros de Juanfran no iban a ninguna parte y un Koke exhausto se encontraba en tierra de nadie. Así fue como el 'submarino' amarillo empezó a desperezarse, robando una y otra vez balones hasta provocar un claro contragolpe que terminaría con una buena intervención de Moyá. Las continuas llegadas castellonenses producirían también una polémica acción en el área atlética, donde Pérez Montero no señaló una clara mano de Gabi.
Aún así, el 0-0 hacía justicia a lo que se había visto en el campo. El partido pedía cambios, y tanto Marcelino como especialmente Simeone empezaron a mover efectivos en la banda. La situación para el Atlético se agravaba cuando el Villarreal, bajo la batuta de Bruno, Trigueros y Cheryshev, se acercaba cada vez amenazante a la portería de un Moyá engrandecido ante la inseguridad de su equipo y de un Miranda que no terminaba de justificar su vuelta a la titularidad. Fue en su peor momento, cuando el Atlético resurgió de sus cenizas. Como no, a balón parado. Gabi saca una falta desde la frontal, Godín la toca y Mandzukic se quedó solo frente a la portería, pero un Asenjo colosal magnificó su figura bajo una portería que lo empequeñeció hasta el olvido. Ayer se quitó hasta la última espina. Aunque poco pudo hacer minutos después, cuando Arda Turan se sacó de la chistera su enésimo truco de magia y dejó en bandeja el gol a Mandzukic. Incomprensiblemente, Pérez Montero señaló falta del croata sobre Gaspar. Esta vez, Marcelino sí tuvo fortuna en el Calderón.
Y no solo por eso. Porque fue a partir de ahí cuando se terminó el Atlético de Madrid. Simeone erró garrafalmente con los cambios. Griezmann ni apareció cuando salió por Raúl García, Cerci justificó su falta de minutos con una actitud pasiva y una actuación pésima, y Mario Suárez salió como parche para arreglar el desaguisado que había supuesto la marcha de Gabi. Pero el Villarreal se había hecho dueño y señor del partido, sin necesidad de tener la pelota. Muy a lo Atlético. Cómo explicaría cualquier padre a su hijo que ni ese era el Calderón inexpugnable de siempre ni ese era su Atleti peleón y aguerrido del 'Cholo'. Todo se reducía a tiempos pasados, en los que el bueno de Diego Pablo ni siquiera estaba en el banquillo rojiblanco. Fue al otro lado del Atlántico, bajo la dirección de su Racing, donde el técnico argentino haría debutar a un joven delantero de 17 años llamado Luciano Vietto. Tras 3 años, 73 partidos y 18 goles con la 'Academia', Vietto desembarcaba en España y ayer se reencontró con su mentor, su maestro. Aquel al que abrazó y besó como Judas haría con su amigo Jesucristo. Porque fue él, menudo, eléctrico y con el desparpajo de un futbolista con aptitudes para comerse el mundo, quien recortó a un tal Diego Godín y batió con clase a Miguel Ángel Moyá en el mano a mano. Se sublevaba en Fondo Sur con el resto de un estadio silenciado, donde solo retumbaba los gritos de éxtasis de los futbolistas del Villarreal. 19 meses después, Vietto firmó la abdicación del Atleti en el Calderón.

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